Matías, un amigo, me llamó como es habitual en él, no tocó el timbre ni golpeó a la puerta; sino que gritó mi nombre de cara a la ventana del comer de mi casa, abertura desde donde se pueden ver esos tres tanques enormes que suministras de agua al barrio.
Su presencia me llamó la atención, ya que hace tiempo que no nos veíamos, por lo que fue imposible que no realizáramos una conversación instantánea, que nos pondría al tanto sobre la vida de ambos, desde la misma ventana. Pero no duró mucho esa conversación, porque a los pocos minutos me preguntó si podía acompañarlo a cierto lugar a comprar cierta cosa, a lo que accedí antes de que me advirtiera que tendríamos que realizar una parada previa. ¡Ma´si! –dije-, si desde que lo vi me di cuenta que el día que había programado ya no se llevaría a cabo.
La escala al viaje se dio en una peluquería, la Peluquería de Ángel Ávila, un ex boxeador, para ser exacto.
La peluquería de Ángel es de lo más extraño, y eso se debe a que su peluquería no es el único negoció que regentéa. Ubicada en un departamento planta baja de un edificio, para llegar a la peluquería de Ángel hay que atravesar unos juegos de plaza que él mismo instaló para que sus hijos se diviertan. Al dejar atrás el tobogán y los demás juegos, me topé con un mostrador, recubierto de cerámicas y con rejas sobre él por seguridad, que representaba la fachada de una heladería. Pero todavía seguía sin llegar a ver en donde se encontraba la peluquería de Ángel.

