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jueves, 11 de noviembre de 2010

Boxeo en todos lados


Matías, un amigo, me llamó como es habitual en él, no tocó el timbre ni golpeó a la puerta; sino que gritó mi nombre de cara a la ventana del comer de mi casa, abertura desde donde se pueden ver esos tres tanques enormes que suministras de agua al barrio.

Su presencia me llamó la atención, ya que hace tiempo que no nos veíamos, por lo que fue imposible que no realizáramos una conversación instantánea, que nos pondría al tanto sobre la vida de ambos, desde la misma ventana. Pero no duró mucho esa conversación, porque a los pocos minutos me preguntó si podía acompañarlo a cierto lugar a comprar cierta cosa, a lo que accedí antes de que me advirtiera que tendríamos que realizar una parada previa. ¡Ma´si! –dije-, si desde que lo vi me di cuenta que el día que había programado ya no se llevaría a cabo.

La escala al viaje se dio en una peluquería, la Peluquería de Ángel Ávila, un ex boxeador, para ser exacto.

La peluquería de Ángel es de lo más extraño, y eso se debe a que su peluquería no es el único negoció que regentéa. Ubicada en un departamento planta baja de un edificio, para llegar a la peluquería de Ángel hay que atravesar unos juegos de plaza que él mismo instaló para que sus hijos se diviertan. Al dejar atrás el tobogán y los demás juegos, me topé con un mostrador, recubierto de cerámicas y con rejas sobre él por seguridad, que representaba la fachada de una heladería. Pero todavía seguía sin llegar a ver en donde se encontraba la peluquería de Ángel.

jueves, 21 de octubre de 2010

En Racing por boxeo

Habían pasado cinco días de la derrota de Racing ante Independiente por el gol de Cristian Báez. Pero los efectos devastadores de la derrota todavía se sentían en el ambiente. La tarde anterior las noticias informaron que la barra brava de la Academia le había rayado el coche a Braian Lluy, jugador del club, a manera de intimidación.

Pero, no por eso los ánimos en Racing irradiaban mala onda. De hecho, todo lo contrario. Al club de Avellaneda se había ido para verificar unos datos para realizar un trabajo sobre el boxeo en esa zona del conurbano, y la recepción fue buena.

Entrar al club no resultó difícil, sólo se tuvo que pronunciar una palabra, como si fuera una contraseña. Al decir “boxeo”, el hombre de seguridad, autorizado para decidir que personaje ingresa o no al club, indicó con su mano izquierda donde se encontraba el polideportivo. Lo que bastó para saber que el okey estaba dado.

Una vez dentro, y luego de informar a dos miembros del equipo de seguridad del club a que lugar se quería ir – por un Handy uno informó que íbamos “a boxeo”-, se pudo acceder a la pasarela que se extiende a lo largo de 60 metros entre las canchas de tenis y la zona de piletas para desembocar en el microestadio, zona del polideportivo.

A pesar de que eran antes de las cinco de la tarde y la temperatura era de 15º, a la derecha de la pasarela, en las seis canchas de tenis había mucha actividad. En algunas había gente mayor, jugando lo que intentaba ser un partido real. En otras, un profesor les enseñaba a unos veinte chicos como pegar de drive.

En cambio, a la izquierda, el lugar de piletas era muy diferente. Si bien para el verano faltan algunos meses, era muy difícil imaginarse ese lugar, que poseía agua de lluvia podrida en las piletas y los pastos largos al rededor, lleno de vida durante la época de colonias.

Los pasillos y pasarelas que posee el polideportivo podrían llegar a hacer que un distraído se perdiera fácilmente si no sabía cual escalera subir o bajar, siempre y cuando tenga entendido que debe subir o bajar alguna escalera.

“Para boxeo tenés que seguir derecho y doblar a la derecha allá, es un lugar como este”, indicó una de las tantas personas que estaban dando vueltas por el club. Cuando dijo “este” se refería a uno de los tantos locales que se encontraban en la galería en la que estaba el gimnasio de boxeo.

Al abrir la puerta del gimnasio cuatro pares de ojos se dieron media vuelta hacia la puerta. En el lugar había sólo cuatro personas: dos entrenadores y dos pupilos. Uno de los cuatro salió disparado en dirección a la puerta y extendió la mano respondiendo afirmativamente a la pregunta sobre si el era Silva.

Guillermo Silva, ayudante del entrenador Darío “El Colorado” Fernández, comenzó a hablar. Sólo una pregunta disparo media hora de charla. Silva hablaba como si fuera que no había tenido con quien hablar hacía muchos años. Pero en realidad era buena onda lo que lo llevaba a gastar tanta saliva.

Esa acción ara una buena señal, porque permitiría saber si el laburo podía prosperar.

martes, 14 de septiembre de 2010

Locos por el boxeo

Detrás de la fachada de una casa que parece abandonada se encuentra la escuela Municipal de boxeo Pascual Pérez de Wilde, la cual está bajo el mando de Delfino Pérez.

Pérez, además de ser el descubridor y entrenador de toda la vida de Yesica Bopp, a quien llevó hasta el campeonato mundial, es un hombre muy tranquilo, sencillo y directo.

En el Pascual Pérez, a pesar de que es lunes y está lloviendo, los chicos con sueños en los puños no dejan de llegar. Sogas, bolsas, guantes, equipo de audio, respiración y órdenes que se desprenden de los labios de Delfino es lo que hace pensar que se está en un oasis suburbano donde la lluvia no genera ningún problema.

Cuando los chicos empiezan a trabajar uno puede pensar que se encuentra en un loquero. Hay bolsas que van y vienen impulsadas por golpes sin definición. Mientras, en la otra punta del lugar, otro realiza trabajos de elongación al tiempo que admira a quien salta la soga sin que se le enrede nunca en los píes.

El tiempo corre y al loquero se lo apoderan los “locos”. Ya hasta hay gente arriba del ring tirando guantazos a focos. El olor a transpiración pasa a ser el perfume que inunda el ambiente. Los ruidos provocados por los cuerpos en constante movimiento se mezclan con la música –la cual parece que nadie está escuchando- y ensordece a quien no esté acostumbrado.

Delfino Pérez con los "locos" en la escuela

El desorden es general en el Pascual Pérez, por momentos se convierte en un caos, es imposible de encontrar un lugar, aunque sea un rincón, sin una presencia humana en constante movimiento. Se puede sentir el éxtasis que los cuerpos desprenden para demostrar que su droga, la gimnasia, está pegando muy bien.

Luego de uno hora de descarga generalizada, el Pascual Pérez se calma, parecería que los “locos” por fin se cansaron. El lugar no deja de ser un loquero, pero ahora es un loquero con “locos” agotados y música baja. Algunos dan vueltas con la cabeza gacha mientras otros reposan sus brazos sobre sus cinturas. Otros hablan entre sí, aunque no se puede distinguir qué se dicen.

De repente, Delfino Pérez, quien parece un “loco” más por la ropa deportiva con la que está vestido, comienza a dar vueltas por el lugar. Le dice cosas a sus alumnos, hablando muy bajito, para que no escuche nadie más que el receptor del mensaje. Parece que disimuladamente les dice qué deben hacer. Puede que les pida menos descontrol, más tranquilidad. En definitiva, quién quiere tener una escuela de boxeo apoderada por “locos”.

Pero no, nadie se calma, todos comienzan otra vez a demostrar su excitación. Vuelven a moverse las bolsas y las sogas. El ring otra vez se encuentra habitado por los “tira piñas”, mientras el volumen de la música se vuelve a elevar.

Todo sigue igual, los “locos” no se controlaron, van de un lado a otro y se ven muy felices, como si este lugar sea único e inigualable para soltarse. Un sitio en donde controlan sus diablos y la locura la descargan con felicidad.